viernes, 4 de junio de 2010

MARGARITA, mi profe de matemáticas





La llamábamos por su nombre de pila: Margarita. Yo tenía 13 años, cuando la conocí. No me llevaba con las matemáticas ni la geometría en esa época y cuando ella entraba, se me notaba. Me saludada con una sonrisa amplia y me preguntaba: ¿Por qué ponés esa cara de dolor de estómago? Además, yo era tímida y el contacto con el mundo externo me resultaba muy difícil. Pero ella, sin duda, tenía un don. Dichas estas palabras, una sonrisa me habitaba, una sonrisa relajada ponía en suspenso mi adolescencia urgente.
Margarita tenía el don de entusiasmar con sus saberes. Era delgada, alta y movediza. Había leído a Shakespeare en un verano tomando sol en la terraza del edificio donde vivía con su familia, antes de casarse. Para mí, esa anécdota la había convertido en una suerte de heroína cinematográfica.
Hace unos meses, me pareció encontrarla en una confitería. Creo que fue un jueves. Visitar museos alivia mi ansiedad, en ocasiones. Ese jueves me interesé en una muestra de restauración que involucraba a varios artistas que hoy son célebres y ya están en el bronce. Me quedé un buen tiempo recorriendo la sala, leyendo los carteles que reproducían las ideas de los responsables de esa empresa monumental. La pintura mural exige una idea extraordinaria. Había sido una semana difícil. Desacuerdos familiares, incomunicación. En fin, no quería volver sobre eso.
De pronto, mi celular sonó una vez, dos, tres… siete veces. Irritante. Nadie respondía. Eran llamados fantasmales, con nombre y apellido. Sólo que el autor negaba haberlos realizado. No quiero volver sobre eso.
Concentré mi atención en la maravilla de la restauración que restituye la imagen y el color a aquello que ha sido definitivamente borrado por el paso del tiempo. Algo así como reconstruir un recuerdo, me dije.
Me fui a tomar un café al bar de la planta baja. Siempre que hago esto, saco un libro para leer. Pero ese jueves una viejita de sonrisa amplia y melena rubia llamó mi atención. ¡Se parece tanto a mi profesora de matemáticas del Lenguas!, me dije. No, no puede ser ella. ¿Cuántos años tendría? Calculé más de 100. Y sin embargo, su sonrisa era igual. La observé tomar un café con torta. Con cuidado, cortó la mitad y la guardó en su cartera. Le sonrió a la moza. Mientras tanto, yo me debatía entre dos impulsos: alejar la idea de acercarme a esa anciana y la curiosidad que me despertaba el reencuentro con mi profesora de matemáticas de la secundaria. Cuando me decidía a levantarme, vi que su asiento estaba vacío. Había pagado su cuenta y se había ido.
Entre resignada y molesta por mi cortedad, decidí seguir mi camino. Cuando me estaba abrochando el tapado, vi que frente a la confitería había una iglesia. La viejita estaba haciendo tiempo para ir a la misa de 7 de la tarde, me dije. Crucé la calle e ingresé en el templo. Me guiaba su melena rubia. Y allí la encontré. Sola, sentadita en un banco junto a la nave central, esperaba al sacerdote que iba a dar la misa. Pronuncié su nombre: 
- Margarita
- Sí - me respondió - ¿quién sos? 
Fui breve en la referencia y ella me invitó a su casa para esa semana en la que había preparado una clase de fractales para ex-alumnas (todas mayores que yo). Me parecía estar habitando un sueño agradable. Margarita era uno de los buenos recuerdos que atesoro de la adolescencia: una vez me defendió de la bruja que daba Contabilidad y que se había propuesto desaprobarme y arruinarme el verano.
Acepté la invitación y asistí a la clase de fractales. Me resultó divertida e instructiva. Margarita libraba un cuerpo a cuerpo con la tecnología cuando quiso poner un video para desarrollar la idea de Mandelbrot y el plano complejo. Como siempre, intentó un ejemplo práctico en papel blanco. A mí, no me salía y Margarita me ayudó dejando sus dedos manchados de chocolate, la marca delatora de los brownies que ella misma había preparado para nosotras. 
Ese día me reconcilié con la idea de la vejez. Margarita es una vieja sabia. Hambrienta y alocada como en la época del colegio, no cesa en profundizar en el conocimiento de los fractales. Con temor, su hijo, le advierte que tal vez se trate de una insolencia, ya que él observa que Margarita va siguiendo en la naturaleza la huella de Dios. Como una niña, entre traviesa y divertida, Margarita disfruta de una masita. Como al pasar, me dice: 
- Decime, nena, ¿qué daño hago yo con eso?
Repaso la frase de Margarita. ¿Qué es lo que hace daño? 
Yo encontré un principio de respuesta. Lo que hace más daño es vivir sin pasión, obturar el recuerdo, adorar productos artificiales, abandonar nuestros sueños, resignarnos frente a las dificultades, no seguir nuestra pequeña voz interior. 
¿Cuál es la tuya?