sábado, 29 de mayo de 2010

LECCION DE PIANO


Cuando era muy chiquita - entre los cinco y los seis años, para ser más precisa -, las puertas de las
casas que yo visitaba las abrían mujeres viejas. Digo: de las casas que visitaba, porque, en esa
época, me costaba pensar que habitaba alguna. En esas mujeres, me llamaba la atención la
intensidad con que la vida había logrado derrotar sus fuerzas. Una de ellas, sin embargo, aún se
reía. Pero su cabello era opaco, canoso, lanudo y parecía que se lo habían cortado a hachazos.
Pobre vieja. Su pelo había perdido vida, cuando murió su compañero.

La otra llevaba un rodete sujeto en la nuca y acomodaba los mechones rebeldes con un poco de
spray. Lo peor en ella no era el tono de su cabellera, no. Lo más inquietante era su olor. Parecía
llevar años pudriéndose de a poco. Y, al abrirme la puerta, yo rogaba que no pronunciara ninguna
palabra. Pero la fuerza de mi deseo no alcanzaba. No bien veía aparecer mi cara, se le estiraba la
boca en una sonrisa y me decía: “Hola. Carmencita, ya viene”. Me introducía en el salón enorme
en el que estaba el piano, a oscuras, y me dejaba a solas con las notas de la escala y el reloj que
me dictaba el ritmo de trabajo. Recuerdo que me llevaba algún tiempo recuperarme del impacto
de aquel olor metiéndose en mí sin que yo pudiese evitarlo. Poco a poco, me acomodaba en el
taburete y trataba de desligarme de la curiosidad que me despertaban los objetos agrupados en
aquel cuarto, quién sabe alrededor de qué idea: el abanico de seda con la imagen de una mujer de
formas redondeadas, en posición de olé (el brazo izquierdo, en alto, dibujando una curva hacia el
interior y golpeando con los dedos libres una de las castañuelas; el derecho, orientado hacia su
sexo, los dedos libres agitaban la otra castañuela); un mantón de Manila – en esa época, se usaba
colgarlo de alguna pared del cuarto, como un adorno – en fondo negro, con ramilletes de flores,
en tonos pastel, estallando en medio de tanta oscuridad; una fotografía de hombre, de mirada
cansada (parecía un santo o algo así, porque siempre había una flor natural, en un florerito, al
frente). La fotografía descansaba sobre una mesa vestida con un mantel blanco de hilo, con flores
bordadas.
Primero, me detenía en cada uno de esos objetos. Me preguntaba qué hubiese sucedido en la casa
si yo, de golpe, hubiera cerrado el piano y, tomando las pesadas cortinas, hubiese abierto las
persianas de par en par, dando vía libre a la luz del sol. No lo hice. Por lo tanto, desconozco la
respuesta.
Pero la molestia y la incomodidad que provocaba en mí ese ambiente me impulsaban a levantar la
tapa del piano. De este modo, comenzaba a practicar mis escalas: las ascendentes, primero; las
descendentes, después. Y, luego de ese ejercicio monótono, que me parecía que duraba varias
horas, podía pasar a Para Elisa. Y, entonces, me olvidaba de la oscuridad, hasta que la mano de
la vieja con sus dedos retorcidos (de una enfermedad de la que ni siquiera intento recordar el
nombre) se apoyaba sobre mi hombro y me llamaba, de nuevo, a esa realidad. “Carmencita ya
viene”, decía con voz cascada y se alejaba despacio arrastrando los pies: primero, uno, y luego, el
otro como si debajo llevara patines para lustrar el piso de esa casa que lucía impecable.
Entonces, la oscuridad volvía para que el impulso no me ganara nuevamente y huyera ante la
presencia irrevocable de Carmencita. Esa mujer pesada, enorme y calva que se levantaba sin
convicción a detenerme, a recuperarme del delirio en el que entraba después de ejecutar Para
Elisa.
Por la boca de Carmencita, como por la de su madre, salía un mal olor, aunque todavía no llegaba
a ser a viejo y a podrido.
Qué sentía Carmencita hacia mí. Era difícil adivinarlo en su mirada, que se ocultaba detrás de un
par de anteojos culo de botella, como los llamaban los chicos del barrio. Qué sentía Carmencita
hacia la vida. Era aún más difícil de saber. Ella nunca había pronunciado una palabra de afecto.
Yo, en esa época, ni intentaba desentrañar semejante misterio. Menos aún, ahora, que casi no
recuerdo los rasgos de Carmencita.

Imágenes Google: dejamequetecuente68.blogspot.com/2007/04/el-a..

viernes, 14 de mayo de 2010

El duelo

Durante la noche, las escenas preparatorias no me dejaban dormir. Veía la alianza muda de los que quedan sin queja, envueltos en un cansancio que los hace parecer egoístas a sus ojos. Mi madre llamó. Su voz estrangulada en la angustia: Dejó de sufrir. Y las palabras no dan crédito al hecho. Mi madre sufre y su compasión la sume en una compleja trama de imágenes que le devuelven a su ser querido con vida. Y esa fatal certeza de que la historia podría haberse escrito de otro modo. La ahuyenta con un gesto. Y ese manoteo desesperado es un espantapájaros que protege el campo de intrusos que roben su semilla. Mi madre teme a la sombra y su voz llena el espacio de palabras que luego no recordará.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Cleopatra, la reina del Nilo




Sentada en su trono, sutil, con un movimiento de cabeza asiente para la multitud. Se sabe amada y, a la vez, temida. La multitud se retuerce en sí misma de modo tal que llegue hasta ella una pizca de su apasionado seguimiento. Ella es poderosa. Las esclavas preparan su baño de leche tibia y aromatizada que convoca el sueño. Conoce las acciones conspirativas en su palacio y ese ritual de sumergirse en su fantasía la aleja de un alerta que se transforma en un aguijón constante. No se siente cómoda en su trono y debajo de ese pesado atuendo real. Todo su esfuerzo está orientado a ser la noble reina que está al servicio de su pueblo para que en esa región impere el orden y la paz.
Cuando baja la perilla, significa no. Cuando sube la perilla, significa . No hace falta esgrimir la palabra para ser escuchada.

Es pequeña y sufre. Cada vez que su madre y su tía se juntan a murmurar en la cocina y desgranan las antiguas historias de las parientas odiadas de la familia, ella se encierra en el baño de servicio donde se acumulan los trastos y juega a ser la reina. Imparte las órdenes desde la perilla de la vieja lustradora de pisos y sus fieles súbditos responden. La recorre un alivio inmenso. La han escuchado una vez más.

Ensoñaciones e infancia


"Soñando con la infancia volvemos a la cueva de las ensoñaciones que nos han abierto al mundo...
¿Soñábamos con ser y, ahora, al soñar con nuestra infancia somos nosotros mismos?... Para ayudarnos a penetrar en esos limbos de la antecedencia del ser, los raros poetas van a traernos sus resplandores, su luz ilimitada" Gastón Bachelard, La poética de la ensoñación, pág. 165)

viernes, 7 de mayo de 2010

cultura afrocubana





Sóngoro cosongo (1931)

"Canto negro"


¡Yambambó, yambambé!
Repica el congo solongo,
repica el negro bien negro;
congo solongo del Songo
baila yambó sobre un pie.
Mamatomba,
serembe cuserembá.
El negro canta y se ajuma,
el negro se ajuma y canta,
el negro canta y se va.
Acuememe serembó,

yambó,
aé.
Tamba, tamba, tamba, tamba,
tamba del negro que tumba;
tumba del negro, caramba,
caramba, que el negro tumba:
¡yamba, yambó, yambambé!

martes, 4 de mayo de 2010

De Santo Spirito, Bari, a Buenos Aires



Estábamos en guerra. Yo tenía 8 años cuando me escondía debajo de la cama al escuchar que los alemanes golpeaban las puertas de mi casa buscando mujeres para montárselas como yeguas. A los 14, le dije a mi madre que yo no quería el destino que me esperaba allí por ser pobre y me vine a la Argentina. Esta es la tierra que me dio un marido, dos hijas y a mis nietos que son mi mayor fortuna.

Así me contó mi madre - en tono de confesión – cuál fue el motor que la impulsó a salirse de su pueblo de aguas azules, justo frente a las costas de Grecia. Sur de Italia. A sus habitantes, el norte, los llaman terrone. Son los agricultores. Mis abuelos, por tradición, tenían olivares heredados. Extensos campos que la guerra desvastó, como sucede con todo lo que se somete a la soberbia y a la codicia humanas.

La guerra siembra carroña en los países a los que condena al hambre y la miseria, decía mi madre y su rostro se tornaba oscuro como la noche. La guerra le da de comer a los buitres.

Dos guerras atravesaron la historia de mis abuelos maternos. La primera, en la que mi abuelo aportó – como fiel soldado – su vida a su patria, la bella Italia, la de la armoniosa lingua del Dante (aunque mis abuelos y sus hijos hablaban un dialecto duro, incomprensible para mí). En la segunda, mi abuelo Caetano, donó, en cambio, la buena vida de sus hijos mayores, aunque mi abuela, entre lágrimas y maldiciones, quisiera retener el fruto vivo de su vientre. Cuántas veces pensé en que la historia aquí, en mi país, también cambió el curso de mi vida y se llevó muchos seres queridos.

Antes que yo, nació Santino, continuó mi madre. Era un ángel. Todavía está su retrato en la sala de entrada de la  antigua casa familiar. Mi madre me puso el mismo nombre, eso se usaba.

Mi abuela, llamada Concetta,  cuidó con celo, en la segunda guerra, la vida y la virginidad de sus hijas, todas ellas jóvenes, trabajadoras, lozanas y muy apetitosas, para el hambre voraz de los salvajes soldados, que hablaban un idioma desconocido. Mi abuela escondía sus joyas. Y ellos aullaban como lobos en celo.

En los períodos de paz, mi padre, tu abuelo Caetano, me dejaba peinar a su caballo. Totó, se llamaba. Y yo le hablaba para que no se pusiera nervioso y lo llevaba hasta la orilla del mar. Totó era dócil conmigo. Se dejaba cuidar.

Mi abuelo amaba los caballos y lo llamaban, Caetano, el de la carroza. Para nosotros, el del carruaje. A principios del siglo XX, él manejaba su carro, tirado por caballos en Santo Spirito, Bari. En el pueblo, todos lo respetaban y lo conocían. Con sus hijos era muy severo, sobre todo, cuando comían pescado. Mi abuelo temía más a una espina atorada en su garganta que al frente de batalla. Ese temor me recuerda al de otros hombres de aquí que cometieron crímenes atroces. Se ven a sí mismos como ángeles vengadores, héroes. Y en realidad traicionan la vida.

Tu abuela Concetta era rubia. Se casó joven, a los 16. Tu abuelo le llevaba 11 años. Era hija única, soñaba con una prole. Tuvo 13 embarazos y 8 hijos vivos.

Cuentan que, en la antigüedad, las mujeres se casaban a más tardar a los 14. Tenían muchos hijos pero sólo contaban los varones. Ellos iban a la guerra. A mi abuela, la historia le pasó por encima. Pienso en mi país, donde pensar diferente significó un triste destino y estar condenado al silencio. A muchas mujeres aquí también la historia las obligó a avanzar.

Concetta, en honor a quien te bautizamos, era una mujer muy compasiva. Cuando 2 de sus hijos estaban en el frente, llegó a su casa un soldado inglés; estaba anémico, casi sin vida. Ella pensó que sus hijos podían estar en la misma situación. Conocía un remedio, que preparó con esmero. Dejó al sereno un huevo con su cáscara y con paciencia esperó a que todo el calcio quedara diluido en el agua. Arropó al moribundo en el establo, donde su marido cuidaba con celo a Totó. Cucharadita a cucharadita, día a día mi abuela asistía al moribundo como si se tratara de uno de sus hijos. Así se trasmite la construcción de un vínculo amoroso. Mi madre fue única. Y, finalmente, su remedio le devolvió las fuerzas. Un buen día,  agradeció y continuó su camino. Y ella lo dejó partir.

Mi madre y yo heredamos su espíritu compasivo. También la mano para preparar remedios caseros y efectivos. Y esa rebeldía de mujer subterránea  que sabe enfrentar la adversidad, y no entiende de guerras.

Concetta y Caetano, mis viejitos, celebraron sus bodas de oro con una fiesta. Yo no pude estar. Sólo vi la reunión familiar en fotos. Tu padre nunca se negó a ayudarlos económicamente. Yo nunca tuve necesidad de reclamarles  nada. Fueron muy buenos padres.

La insistencia de mi madre hizo que nos mudáramos a San Telmo. Buena ubicación y colectivo y subte para todos los puntos de la ciudad. Además, ella creía que Olivos era muy húmedo. Para mí, prefería ese barrio porque estaba más cerca de la Boca, donde vivían “los tanos”. Cerca del puerto... para avivar la nostalgia... De chica, sufrí esa pena en su mirada. Yo, en cambio, amo San Telmo por las oscuras historias que oculta en sus veredas, aun en días radiantes de sol.

Aunque mi madre murió hace años, yo todavía la sueño. Ella se me aparece y me dice que me quede tranquila, que tengo todavía mucho por hacer en Buenos Aires. Yo estoy agradecida a esta tierra.  Para nosotros,  exiliados de la guerra, es tierra próspera, de amor y de paz.

En el verano del 2000, viajé a conocer la casa de mis abuelos. Mi prima Lella me esperaba en el aeropuerto. Sólo nos conocíamos por fotos.
Un auto nos llevó y en la entrada del pueblo, una rambla y el mar de aguas azules, se materializaron ante mis ojos... me recordó los veraneos en Mar del Plata, en familia… Vi desfilar algunos personajes de los que siempre hablaba mi madre. Vi también el retrato de Santino. Y la calle cerrada en que mi madre jugaba cuando era pequeña. Via Genova me recordó a Defensa, en San Telmo, donde mi padre tenía su fábrica de pastas. Ese día entré en un nuevo sendero del laberinto familiar.
Al regresar, supe que en Santo Spirito están las raíces que heredé de mi madre, parte también de mi imaginario, y que Buenos Aires es mi memoria, mis amores, mi hogar.