miércoles, 8 de diciembre de 2010

Rituales


El ser que accede a ser comprendido deviene lenguaje.
Tal vez sólo se trate de recuperar la ensoñación.
Descender. Construir los cimientos de una nueva estructura para partir de allí.
Mientras tanto, el yo tramita los contenidos inconscientes que afloran y se esfuerzan por ver la luz.

Gentileza Imágenes Google: http://vinoyrosas.blogsome.com/

domingo, 28 de noviembre de 2010

El alma y sus prisiomes

Gentileza
Imágenes Google

El miedo, motor de mis palabras. La luz pujando por abrirse paso en medio de las tinieblas. Una imagen así remite al mito de la caverna. Las siluetas simulan verdades irrefutables. Pero ya no le doy la espalda a la luz y la salida. He puesto a andar la máquina del tiempo. Las imágenes pueblan el espacio y voy tomándolas, una a una, con calma...

lunes, 15 de noviembre de 2010

fluirrrrrrrrrrrrrrr





Como el agua clara de un arroyo, mis emociones fluyen... Encontrar la salida es el sentido del agua... Las aguas a veces encuentran su límite en la orilla... Pero la tierra se fertiliza y germina gracias al contacto con las finas gotas de lluvia... La penetración es el sentido del agua... Cavar hasta alcanzar las corrientes subterráneas... Destilar por presión del fuego es ley para recuperarla  y que sea posible beberla de un trago... El aire urge las nubes y provoca el furor de la tormenta... En danza amorosa, se funden y precipitan... Esa danza es el sentido del agua...

miércoles, 27 de octubre de 2010

Maternidad


Gentileza imágenes Google: 

Yo era muy jovencita y la idea de ser mamá era para mí un objetivo seguro. YO QUERÍA SER MAMÁ, sin medir las consecuencias. Consulté entonces a una médica que me dio un diagnóstico de esterilidad que tendría que tratar en caso de querer quedar embarazada. Lo tomé como la señal que me marcaba la pertenencia a mi raíz: mi madre, antes de quedar embarazada de mí, también había recibido un diagnóstico igual.
No pasó mucho tiempo. Mis pechos crecieron y tomaron un color terrozo. Mi cintura se modificó. Y luego de la clase de danzas, me recostaba sobre una mesa de café y me quedaba dormida. Una antigua amiga se reía y me decía: “¿No estarás embarazada?” Me costó dar crédito a esa hipótesis.  Yo, sin embargo, tenía más apetito y dormía todo el día. Pero me resistía a realizar cualquier movimiento que confirmara o negara las palabras de la profetisa.
El sueño no cedía y decidí que tendría que hacer una consulta médica. Hacía más o menos 15 días que había dejado mi trabajo con la firme decisión de tomarme un mes hasta volver a recorrer distintas redacciones. El nombre de mi ginecólogo era Celestino y recuerdo que me conminó a que me hiciera un test de embarazo. Lo hice y pocos días después recibí una felicitación de parte del mensajero que me dio un apretón de manos y una sonrisa de oreja a oreja. No salí corriendo a contarlo. En cambio, entré en un bar – “La cigüeña” -, me senté y pedí un té. Necesitaba procesar la noticia.  Creo que esta experiencia fue la que me permitió distinguir alegría de felicidad. Si sólo hubiese sentido alegría, habría corrido a contarlo y cantarlo a los cuatro vientos. La felicidad, en cambio, me iluminó la vida. Y ese instante fue para mí profundo e intenso. Una epifanía. Lo viví como un verdadero milagro. Después, llegó la alegría.

domingo, 15 de agosto de 2010

TÉ DE MENTA
Imágenes Google:

La calle que atravesaba el pueblo de 300 habitantes era de tierra.  De noche la caminábamos hacia arriba y hacia abajo, haciendo una parada en el centro.  Allí había un bar. Yo pedía té de menta y lo saboreaba lentamente. Nunca olvidé aquel sabor.
El lugar se llama Puerto Pirámides. Está en una península que puede recorrerse en un día. Dicen que las tierras se vendieron a extranjeros y que los argentinos que vamos allí de vacaciones tenemos que transitar con permiso.
En las costas, descansan lobos, elefantes, leones marinos, en harem y con sus crías y los turistas pueden observar sus conductas curiosas desde lejos. Varios carteles advierten que no hay que quedarse entre el mar y esta fauna marina, porque, si se asustan, van en estampida hacia las profundidades donde se sienten más seguros y arrastran todo lo que encuentren a su paso. El tema a tener en cuenta es que pesan entre 400 y 1000 kilos, de modo que no hay modo de salvarse.  Los carteles no dicen todo eso, claro. Eso lo cuentan los habitantes del pueblo.
Esos enormes animales se agrupan en grandes familias. Los machos se enfrentan y dan pelea si quieren ser los jefes de un harem. Las lobas descansan y juguetean con sus crías, mientras se entabla una feroz pelea entre ellos, de la que sólo uno saldrá ganador. Sin embargo, el jefe no podrá proteger a sus cachorros de la ferocidad de la orca. Los animales viven al margen de las rigurosidades del tiempo cronológico. Sólo haría falta protegerse en el horario del crepúsculo de su ferocidad instintiva. Pero los lobos marinos no saben de puestas de sol ni nada de eso.
Algunos días íbamos a la playa a bañarnos y tomar sol. El calor invitaba a caminar con los pies bañados por la ola al ras. No vimos crestas enormes de esas que se parecen a una cucharada colmada de espuma, porque el mar estaba cálido y sereno.  Una tarde recorrimos la costa a paso lento. Llegamos a una cueva cuando el sol brillaba débilmente, antes del ocaso. Entré sintiendo el misterio de esa cavidad oscura que, en otra época del año, es reparo de ballenas preñadas que dan a luz allí a sus crías.
Había un negocio de camperas, gorros, remeras y recuerdos de Puerto Pirámides a la salida de la playa. El dueño pasa largas jornadas atendiendo turistas todos los veranos. Es un hombre práctico. Vive de eso. Sin embargo, entorna los ojos al narrar la llegada de las fieles visitantes. Cuando se acerca la época del año en que recalan en la costa las ballenas, los del pueblo nos mantenemos despiertos por las noches. El primer sonido cortado y profundo de la respiración de la primera es una experiencia casi mística. Los otros, pingüinos, lobos, elefantes y leones, hacen las veces de coro en el silencio profundo de este lugar en el mundo donde está prohibido alterar el maridaje de ese canto y la música del mar.
 Creo que es esa prohibición, ese tabú social de silencio en Puerto Pirámides que lo convierte en el escenario ideal para ese té de menta saboreado lentamente en ese bar sobre la calle de tierra en el centro de ese pueblo de 300 habitantes como broche de oro para el paseo de la noche. 

viernes, 4 de junio de 2010

MARGARITA, mi profe de matemáticas





La llamábamos por su nombre de pila: Margarita. Yo tenía 13 años, cuando la conocí. No me llevaba con las matemáticas ni la geometría en esa época y cuando ella entraba, se me notaba. Me saludada con una sonrisa amplia y me preguntaba: ¿Por qué ponés esa cara de dolor de estómago? Además, yo era tímida y el contacto con el mundo externo me resultaba muy difícil. Pero ella, sin duda, tenía un don. Dichas estas palabras, una sonrisa me habitaba, una sonrisa relajada ponía en suspenso mi adolescencia urgente.
Margarita tenía el don de entusiasmar con sus saberes. Era delgada, alta y movediza. Había leído a Shakespeare en un verano tomando sol en la terraza del edificio donde vivía con su familia, antes de casarse. Para mí, esa anécdota la había convertido en una suerte de heroína cinematográfica.
Hace unos meses, me pareció encontrarla en una confitería. Creo que fue un jueves. Visitar museos alivia mi ansiedad, en ocasiones. Ese jueves me interesé en una muestra de restauración que involucraba a varios artistas que hoy son célebres y ya están en el bronce. Me quedé un buen tiempo recorriendo la sala, leyendo los carteles que reproducían las ideas de los responsables de esa empresa monumental. La pintura mural exige una idea extraordinaria. Había sido una semana difícil. Desacuerdos familiares, incomunicación. En fin, no quería volver sobre eso.
De pronto, mi celular sonó una vez, dos, tres… siete veces. Irritante. Nadie respondía. Eran llamados fantasmales, con nombre y apellido. Sólo que el autor negaba haberlos realizado. No quiero volver sobre eso.
Concentré mi atención en la maravilla de la restauración que restituye la imagen y el color a aquello que ha sido definitivamente borrado por el paso del tiempo. Algo así como reconstruir un recuerdo, me dije.
Me fui a tomar un café al bar de la planta baja. Siempre que hago esto, saco un libro para leer. Pero ese jueves una viejita de sonrisa amplia y melena rubia llamó mi atención. ¡Se parece tanto a mi profesora de matemáticas del Lenguas!, me dije. No, no puede ser ella. ¿Cuántos años tendría? Calculé más de 100. Y sin embargo, su sonrisa era igual. La observé tomar un café con torta. Con cuidado, cortó la mitad y la guardó en su cartera. Le sonrió a la moza. Mientras tanto, yo me debatía entre dos impulsos: alejar la idea de acercarme a esa anciana y la curiosidad que me despertaba el reencuentro con mi profesora de matemáticas de la secundaria. Cuando me decidía a levantarme, vi que su asiento estaba vacío. Había pagado su cuenta y se había ido.
Entre resignada y molesta por mi cortedad, decidí seguir mi camino. Cuando me estaba abrochando el tapado, vi que frente a la confitería había una iglesia. La viejita estaba haciendo tiempo para ir a la misa de 7 de la tarde, me dije. Crucé la calle e ingresé en el templo. Me guiaba su melena rubia. Y allí la encontré. Sola, sentadita en un banco junto a la nave central, esperaba al sacerdote que iba a dar la misa. Pronuncié su nombre: 
- Margarita
- Sí - me respondió - ¿quién sos? 
Fui breve en la referencia y ella me invitó a su casa para esa semana en la que había preparado una clase de fractales para ex-alumnas (todas mayores que yo). Me parecía estar habitando un sueño agradable. Margarita era uno de los buenos recuerdos que atesoro de la adolescencia: una vez me defendió de la bruja que daba Contabilidad y que se había propuesto desaprobarme y arruinarme el verano.
Acepté la invitación y asistí a la clase de fractales. Me resultó divertida e instructiva. Margarita libraba un cuerpo a cuerpo con la tecnología cuando quiso poner un video para desarrollar la idea de Mandelbrot y el plano complejo. Como siempre, intentó un ejemplo práctico en papel blanco. A mí, no me salía y Margarita me ayudó dejando sus dedos manchados de chocolate, la marca delatora de los brownies que ella misma había preparado para nosotras. 
Ese día me reconcilié con la idea de la vejez. Margarita es una vieja sabia. Hambrienta y alocada como en la época del colegio, no cesa en profundizar en el conocimiento de los fractales. Con temor, su hijo, le advierte que tal vez se trate de una insolencia, ya que él observa que Margarita va siguiendo en la naturaleza la huella de Dios. Como una niña, entre traviesa y divertida, Margarita disfruta de una masita. Como al pasar, me dice: 
- Decime, nena, ¿qué daño hago yo con eso?
Repaso la frase de Margarita. ¿Qué es lo que hace daño? 
Yo encontré un principio de respuesta. Lo que hace más daño es vivir sin pasión, obturar el recuerdo, adorar productos artificiales, abandonar nuestros sueños, resignarnos frente a las dificultades, no seguir nuestra pequeña voz interior. 
¿Cuál es la tuya?

sábado, 29 de mayo de 2010

LECCION DE PIANO


Cuando era muy chiquita - entre los cinco y los seis años, para ser más precisa -, las puertas de las
casas que yo visitaba las abrían mujeres viejas. Digo: de las casas que visitaba, porque, en esa
época, me costaba pensar que habitaba alguna. En esas mujeres, me llamaba la atención la
intensidad con que la vida había logrado derrotar sus fuerzas. Una de ellas, sin embargo, aún se
reía. Pero su cabello era opaco, canoso, lanudo y parecía que se lo habían cortado a hachazos.
Pobre vieja. Su pelo había perdido vida, cuando murió su compañero.

La otra llevaba un rodete sujeto en la nuca y acomodaba los mechones rebeldes con un poco de
spray. Lo peor en ella no era el tono de su cabellera, no. Lo más inquietante era su olor. Parecía
llevar años pudriéndose de a poco. Y, al abrirme la puerta, yo rogaba que no pronunciara ninguna
palabra. Pero la fuerza de mi deseo no alcanzaba. No bien veía aparecer mi cara, se le estiraba la
boca en una sonrisa y me decía: “Hola. Carmencita, ya viene”. Me introducía en el salón enorme
en el que estaba el piano, a oscuras, y me dejaba a solas con las notas de la escala y el reloj que
me dictaba el ritmo de trabajo. Recuerdo que me llevaba algún tiempo recuperarme del impacto
de aquel olor metiéndose en mí sin que yo pudiese evitarlo. Poco a poco, me acomodaba en el
taburete y trataba de desligarme de la curiosidad que me despertaban los objetos agrupados en
aquel cuarto, quién sabe alrededor de qué idea: el abanico de seda con la imagen de una mujer de
formas redondeadas, en posición de olé (el brazo izquierdo, en alto, dibujando una curva hacia el
interior y golpeando con los dedos libres una de las castañuelas; el derecho, orientado hacia su
sexo, los dedos libres agitaban la otra castañuela); un mantón de Manila – en esa época, se usaba
colgarlo de alguna pared del cuarto, como un adorno – en fondo negro, con ramilletes de flores,
en tonos pastel, estallando en medio de tanta oscuridad; una fotografía de hombre, de mirada
cansada (parecía un santo o algo así, porque siempre había una flor natural, en un florerito, al
frente). La fotografía descansaba sobre una mesa vestida con un mantel blanco de hilo, con flores
bordadas.
Primero, me detenía en cada uno de esos objetos. Me preguntaba qué hubiese sucedido en la casa
si yo, de golpe, hubiera cerrado el piano y, tomando las pesadas cortinas, hubiese abierto las
persianas de par en par, dando vía libre a la luz del sol. No lo hice. Por lo tanto, desconozco la
respuesta.
Pero la molestia y la incomodidad que provocaba en mí ese ambiente me impulsaban a levantar la
tapa del piano. De este modo, comenzaba a practicar mis escalas: las ascendentes, primero; las
descendentes, después. Y, luego de ese ejercicio monótono, que me parecía que duraba varias
horas, podía pasar a Para Elisa. Y, entonces, me olvidaba de la oscuridad, hasta que la mano de
la vieja con sus dedos retorcidos (de una enfermedad de la que ni siquiera intento recordar el
nombre) se apoyaba sobre mi hombro y me llamaba, de nuevo, a esa realidad. “Carmencita ya
viene”, decía con voz cascada y se alejaba despacio arrastrando los pies: primero, uno, y luego, el
otro como si debajo llevara patines para lustrar el piso de esa casa que lucía impecable.
Entonces, la oscuridad volvía para que el impulso no me ganara nuevamente y huyera ante la
presencia irrevocable de Carmencita. Esa mujer pesada, enorme y calva que se levantaba sin
convicción a detenerme, a recuperarme del delirio en el que entraba después de ejecutar Para
Elisa.
Por la boca de Carmencita, como por la de su madre, salía un mal olor, aunque todavía no llegaba
a ser a viejo y a podrido.
Qué sentía Carmencita hacia mí. Era difícil adivinarlo en su mirada, que se ocultaba detrás de un
par de anteojos culo de botella, como los llamaban los chicos del barrio. Qué sentía Carmencita
hacia la vida. Era aún más difícil de saber. Ella nunca había pronunciado una palabra de afecto.
Yo, en esa época, ni intentaba desentrañar semejante misterio. Menos aún, ahora, que casi no
recuerdo los rasgos de Carmencita.

Imágenes Google: dejamequetecuente68.blogspot.com/2007/04/el-a..

viernes, 14 de mayo de 2010

El duelo

Durante la noche, las escenas preparatorias no me dejaban dormir. Veía la alianza muda de los que quedan sin queja, envueltos en un cansancio que los hace parecer egoístas a sus ojos. Mi madre llamó. Su voz estrangulada en la angustia: Dejó de sufrir. Y las palabras no dan crédito al hecho. Mi madre sufre y su compasión la sume en una compleja trama de imágenes que le devuelven a su ser querido con vida. Y esa fatal certeza de que la historia podría haberse escrito de otro modo. La ahuyenta con un gesto. Y ese manoteo desesperado es un espantapájaros que protege el campo de intrusos que roben su semilla. Mi madre teme a la sombra y su voz llena el espacio de palabras que luego no recordará.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Cleopatra, la reina del Nilo




Sentada en su trono, sutil, con un movimiento de cabeza asiente para la multitud. Se sabe amada y, a la vez, temida. La multitud se retuerce en sí misma de modo tal que llegue hasta ella una pizca de su apasionado seguimiento. Ella es poderosa. Las esclavas preparan su baño de leche tibia y aromatizada que convoca el sueño. Conoce las acciones conspirativas en su palacio y ese ritual de sumergirse en su fantasía la aleja de un alerta que se transforma en un aguijón constante. No se siente cómoda en su trono y debajo de ese pesado atuendo real. Todo su esfuerzo está orientado a ser la noble reina que está al servicio de su pueblo para que en esa región impere el orden y la paz.
Cuando baja la perilla, significa no. Cuando sube la perilla, significa . No hace falta esgrimir la palabra para ser escuchada.

Es pequeña y sufre. Cada vez que su madre y su tía se juntan a murmurar en la cocina y desgranan las antiguas historias de las parientas odiadas de la familia, ella se encierra en el baño de servicio donde se acumulan los trastos y juega a ser la reina. Imparte las órdenes desde la perilla de la vieja lustradora de pisos y sus fieles súbditos responden. La recorre un alivio inmenso. La han escuchado una vez más.

Ensoñaciones e infancia


"Soñando con la infancia volvemos a la cueva de las ensoñaciones que nos han abierto al mundo...
¿Soñábamos con ser y, ahora, al soñar con nuestra infancia somos nosotros mismos?... Para ayudarnos a penetrar en esos limbos de la antecedencia del ser, los raros poetas van a traernos sus resplandores, su luz ilimitada" Gastón Bachelard, La poética de la ensoñación, pág. 165)

viernes, 7 de mayo de 2010

cultura afrocubana





Sóngoro cosongo (1931)

"Canto negro"


¡Yambambó, yambambé!
Repica el congo solongo,
repica el negro bien negro;
congo solongo del Songo
baila yambó sobre un pie.
Mamatomba,
serembe cuserembá.
El negro canta y se ajuma,
el negro se ajuma y canta,
el negro canta y se va.
Acuememe serembó,

yambó,
aé.
Tamba, tamba, tamba, tamba,
tamba del negro que tumba;
tumba del negro, caramba,
caramba, que el negro tumba:
¡yamba, yambó, yambambé!

martes, 4 de mayo de 2010

De Santo Spirito, Bari, a Buenos Aires



Estábamos en guerra. Yo tenía 8 años cuando me escondía debajo de la cama al escuchar que los alemanes golpeaban las puertas de mi casa buscando mujeres para montárselas como yeguas. A los 14, le dije a mi madre que yo no quería el destino que me esperaba allí por ser pobre y me vine a la Argentina. Esta es la tierra que me dio un marido, dos hijas y a mis nietos que son mi mayor fortuna.

Así me contó mi madre - en tono de confesión – cuál fue el motor que la impulsó a salirse de su pueblo de aguas azules, justo frente a las costas de Grecia. Sur de Italia. A sus habitantes, el norte, los llaman terrone. Son los agricultores. Mis abuelos, por tradición, tenían olivares heredados. Extensos campos que la guerra desvastó, como sucede con todo lo que se somete a la soberbia y a la codicia humanas.

La guerra siembra carroña en los países a los que condena al hambre y la miseria, decía mi madre y su rostro se tornaba oscuro como la noche. La guerra le da de comer a los buitres.

Dos guerras atravesaron la historia de mis abuelos maternos. La primera, en la que mi abuelo aportó – como fiel soldado – su vida a su patria, la bella Italia, la de la armoniosa lingua del Dante (aunque mis abuelos y sus hijos hablaban un dialecto duro, incomprensible para mí). En la segunda, mi abuelo Caetano, donó, en cambio, la buena vida de sus hijos mayores, aunque mi abuela, entre lágrimas y maldiciones, quisiera retener el fruto vivo de su vientre. Cuántas veces pensé en que la historia aquí, en mi país, también cambió el curso de mi vida y se llevó muchos seres queridos.

Antes que yo, nació Santino, continuó mi madre. Era un ángel. Todavía está su retrato en la sala de entrada de la  antigua casa familiar. Mi madre me puso el mismo nombre, eso se usaba.

Mi abuela, llamada Concetta,  cuidó con celo, en la segunda guerra, la vida y la virginidad de sus hijas, todas ellas jóvenes, trabajadoras, lozanas y muy apetitosas, para el hambre voraz de los salvajes soldados, que hablaban un idioma desconocido. Mi abuela escondía sus joyas. Y ellos aullaban como lobos en celo.

En los períodos de paz, mi padre, tu abuelo Caetano, me dejaba peinar a su caballo. Totó, se llamaba. Y yo le hablaba para que no se pusiera nervioso y lo llevaba hasta la orilla del mar. Totó era dócil conmigo. Se dejaba cuidar.

Mi abuelo amaba los caballos y lo llamaban, Caetano, el de la carroza. Para nosotros, el del carruaje. A principios del siglo XX, él manejaba su carro, tirado por caballos en Santo Spirito, Bari. En el pueblo, todos lo respetaban y lo conocían. Con sus hijos era muy severo, sobre todo, cuando comían pescado. Mi abuelo temía más a una espina atorada en su garganta que al frente de batalla. Ese temor me recuerda al de otros hombres de aquí que cometieron crímenes atroces. Se ven a sí mismos como ángeles vengadores, héroes. Y en realidad traicionan la vida.

Tu abuela Concetta era rubia. Se casó joven, a los 16. Tu abuelo le llevaba 11 años. Era hija única, soñaba con una prole. Tuvo 13 embarazos y 8 hijos vivos.

Cuentan que, en la antigüedad, las mujeres se casaban a más tardar a los 14. Tenían muchos hijos pero sólo contaban los varones. Ellos iban a la guerra. A mi abuela, la historia le pasó por encima. Pienso en mi país, donde pensar diferente significó un triste destino y estar condenado al silencio. A muchas mujeres aquí también la historia las obligó a avanzar.

Concetta, en honor a quien te bautizamos, era una mujer muy compasiva. Cuando 2 de sus hijos estaban en el frente, llegó a su casa un soldado inglés; estaba anémico, casi sin vida. Ella pensó que sus hijos podían estar en la misma situación. Conocía un remedio, que preparó con esmero. Dejó al sereno un huevo con su cáscara y con paciencia esperó a que todo el calcio quedara diluido en el agua. Arropó al moribundo en el establo, donde su marido cuidaba con celo a Totó. Cucharadita a cucharadita, día a día mi abuela asistía al moribundo como si se tratara de uno de sus hijos. Así se trasmite la construcción de un vínculo amoroso. Mi madre fue única. Y, finalmente, su remedio le devolvió las fuerzas. Un buen día,  agradeció y continuó su camino. Y ella lo dejó partir.

Mi madre y yo heredamos su espíritu compasivo. También la mano para preparar remedios caseros y efectivos. Y esa rebeldía de mujer subterránea  que sabe enfrentar la adversidad, y no entiende de guerras.

Concetta y Caetano, mis viejitos, celebraron sus bodas de oro con una fiesta. Yo no pude estar. Sólo vi la reunión familiar en fotos. Tu padre nunca se negó a ayudarlos económicamente. Yo nunca tuve necesidad de reclamarles  nada. Fueron muy buenos padres.

La insistencia de mi madre hizo que nos mudáramos a San Telmo. Buena ubicación y colectivo y subte para todos los puntos de la ciudad. Además, ella creía que Olivos era muy húmedo. Para mí, prefería ese barrio porque estaba más cerca de la Boca, donde vivían “los tanos”. Cerca del puerto... para avivar la nostalgia... De chica, sufrí esa pena en su mirada. Yo, en cambio, amo San Telmo por las oscuras historias que oculta en sus veredas, aun en días radiantes de sol.

Aunque mi madre murió hace años, yo todavía la sueño. Ella se me aparece y me dice que me quede tranquila, que tengo todavía mucho por hacer en Buenos Aires. Yo estoy agradecida a esta tierra.  Para nosotros,  exiliados de la guerra, es tierra próspera, de amor y de paz.

En el verano del 2000, viajé a conocer la casa de mis abuelos. Mi prima Lella me esperaba en el aeropuerto. Sólo nos conocíamos por fotos.
Un auto nos llevó y en la entrada del pueblo, una rambla y el mar de aguas azules, se materializaron ante mis ojos... me recordó los veraneos en Mar del Plata, en familia… Vi desfilar algunos personajes de los que siempre hablaba mi madre. Vi también el retrato de Santino. Y la calle cerrada en que mi madre jugaba cuando era pequeña. Via Genova me recordó a Defensa, en San Telmo, donde mi padre tenía su fábrica de pastas. Ese día entré en un nuevo sendero del laberinto familiar.
Al regresar, supe que en Santo Spirito están las raíces que heredé de mi madre, parte también de mi imaginario, y que Buenos Aires es mi memoria, mis amores, mi hogar.

viernes, 23 de abril de 2010

Historia de vida






Sábado 24 de abril - 17:00 hs
Sala Adolfo Bioy Casares
La Rural


RANDOM HOUSE MONDADORI

Invita a la presentación de la novela  


ÁRBOL DE FAMILIA


de

María Rosa Lojo

Presentarán Claudio Zeiger, Pablo de Santis y María Héguiz
Coordinará Claudia Amigo 

Sábado 24 de abril - 17:00 hs
Sala Adolfo Bioy Casares
La Rural

miércoles, 14 de abril de 2010

MIEDO

Imágenes Google:www.japanxtreme.net/2008/03/27/dragones/

No quiero que crezcas, dije entonces.
No sos un buen compañero.
Fue en otro encuentro...
te escondí
en el fondo de una caja.
Desconocí, entonces,
tu enorme necesidad
de caricias
y, sin piedad, sólo atiné a aplastarte...
Como un animal acorralado
me dijiste que estabas,
ahí, presente...
Durante años, me seguiste de cerca
acompañando.
Hoy te dí mi mano,
mi voz...
Te transformaste
y comprendí...
Sos como un niño
con hambre y con sed.
Hoy te respeto
y acepto tu sabiduría.

lunes, 29 de marzo de 2010

La ira es una especie en extinción

Imágenes Google:http://www.animalesenextincion.com.ar/secciones/osopanda/Oso-Pandapres.jpg

Releo mi texto del año 1989. Yo lo escribí el 4 de octubre de ese año. Recuerdo mi angustia y mi incapacidad de reaccionar frente a una situación que me superaba. Entonces, lo titulé:

Reflexiones sobre el desborde

Primero fue el piso del baño mojado. Por la mañana el charco parecía un desliz de mi gata en celo. Ella era de hacer esas cosas cuando le urgía el instinto. Los animales no son medidos como nosotros, los humanos. Al rato vi correrse el límite del ojo de agua. Tímidamente coloqué un trapo para que mi hijo no llevara el agua hasta el piso de madera. A él, lo atraía saltar los charquitos, así los llamaba . El chapoteo era uno de sus juegos preferidos.
Una hora después me reía de mí misma: el agua se había extendido por el living y el trapo flotaba sobre el espejo de agua.
Pedí ayuda: primero a un amigo, luego al portero y finalmente a la administración. Por supuesto cada uno se desentendió del problema. Era un asunto de Obras Sanitarias (ex-Aguas Argentina y hoy Aysa).
El hijo de la dueña del bar de la esquina "elevó el reclamo". Poco después supe que, cada tanto, a ellos se les tapaba el baño por exceso de papeles tirados al inodoro y, cada tanto, se inundaba mi departamento (aunque para mí fuera la primera vez). ¿Qué fue lo que me dijeron tanto el hijo de la dueña del bar como los de la administración y los de Obras Sanitarias-Aguas Argentinas-Aysa????????????? Que había que esperar!!!!!!!!!!! Eso ni se me ocurriría decírselo a mi gata en celo. Pero la espera es la madre de la paciencia para nosotros los humanos. Y aunque el instinto nos provocara respuestas como las de mi gata, seguramente nuestra razón rápidamente les pondría la tapa.

Releo estas líneas y compruebo su actualidad. Cuando se corta la luz nos dicen que esperemos, cuando se corta internet, el cable o el teléfono, nos dicen que esperemos. Cuando llueve torrencialmente, compre lechuga a 20 pesos el quilo o espere que mejore el tiempo. And so on, diría en mi mejor inglés. ¿Y mientras tanto? Y mientras tanto practique el stand-by. La ira crece como los quilos de papeles retenidos en una cámara de paso de grandes corrientes. En un abrir y cerrar de ojos verá desbordar la rejilla del baño y derramarse las aguas y una voz en el teléfono le pedirá gentilmente que espere!!!!

viernes, 12 de febrero de 2010

Modelos de mujer: máscara y sombra

Dice el diario de hoy que Wanda Taddei es una mujer dócil y temerosa, una "Susanita" (el personaje de Quino, amiga de Mafalda). En la tira cómica Susanita es absolutamente inconfundible. Y su modo de vivir su fantasía hasta límites insospechados, causa gracia. Pero Susanita sueña con un magnate, con un hombre que pueda asegurarle esa permanencia en la fantasía que no la mueva de allí.
Wanda, en cambio, se encontró con un héroe trágico de Cromañón, que deberá convivir con el recuerdo de la tragedia que dividió su vida en un antes y un después. A Wanda no le bastó su apoyo incondicional a la banda como testigo, ni el haberle dado un hijo al músico, ni el haber aceptado ser su esposa para transformar esa incontrastable realidad. Un héroe trágico lleva el destino tatuado en su alma. Y allí se encandila el alma de mujer que, en su ciega imprudencia, cree que una historia así puede "borrarla un beso". El modelo romántico, en la mayoría de los casos, nos juega malas pasadas. Porque un tatuaje en el alma tiene permanencia y profundidad. Hay mucho dolor acumulado en el dibujo que en forma  lenta y constante se ha ido entramando hasta formar una imagen, una representación. Como en la locura de Hércules, el héroe es víctima de un espejismo que le hace perder de vista la realidad.
¿Cuál es el detonante de una tragedia que estalla como una bomba y se hace fenómeno social?
La abogada de Wanda habla de los indicios que anunciaban el desenlace. Una pareja exige paridad. El músico poco a poco se acercaba a imprimir en la historia de esta mujer su propio tatuaje del alma. Ella se resistía. Wanda - dijo la abogada que le había aconsejado -  hace tiempo que debería haber hecho una denuncia. Poner en palabras la realidad que ella y él hacía tiempo habían dejado de conducir, de controlar. Una realidad que se los llevaba puestos. Como una tormenta con truenos, relámpagos y rayos, no hallaban espacio para guarecerse. Wanda halló refugio en su fantasía. Había elegido ser por momentos esa diosa que inspiraba al músico. Y una diosa no pone en palabras sus propias oscuridades. Hasta que las oscuridades se hacen presentes y son otros los que le ponen palabras a lo inevitable.







Imágenes Google: forodefotos.com
                          
                             abcpedia.com
                              www.imagenestatuajes.com/
                              http://rafimartinezrebollar.blogspot.com/2009/02/tatuajes.html
                              www.foreversoft.com.mx/.../2008/11/tatuaje.jpg

sábado, 6 de febrero de 2010

Recordado mar...





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Buenos Aires, febrero del 2007

Recordado Mar:
                                   Hace tiempo que no te escribo... Desde aquel viaje a Caleta... ¿te acordás? Me habían invitado a dar un curso de Feminismo Espiritual y allí me dirigí, con el deseo encendido, llena de esperanzas. El grupo que me esperaba era heterogéneo: una psicoanalista, una poeta, una mujer golpeada egresada de la carrera de Letras y una psicopedagoga casada con un ingeniero. Mi amiga era la psicoanalista.
                                   La primera noche que pasé en esa ciudad, tan próxima a Comodoro Rivadavia, no lograba conciliar el sueño. Al llegar, mi amiga me había anticipado que no tenía asegurado mi pasaje de regreso, ya que habían surgido ciertos inconvenientes en la institución y, en pocas palabras, se habían quedado sin fondos ¿te suena? Fue la primera vez que recurrí a la playa para consolarme. Reconocí la identidad de las piedras, sus diferentes formas ... los colores de la costa... y me volvió el alma al cuerpo... intentaría dormir un rato. Después de un viaje de 27 horas... lo mejor era descansar. En mi cuarto, un sonido sordo – parecía un aullido – me inquietaba. Estaba muy sola y no era buena hora para ir a la playa, de modo que hice un esfuerzo para dormirme.
                                   A la mañana siguiente, en el desayuno conté lo que me había sucedido a la noche y me confesaron que Caleta estaba construida sobre un cementerio indio, que a mucha gente le había sucedido lo mismo que a mí. Me corrió frío por todo el cuerpo. Dejaron entrever que en esa ciudad la extracción del petróleo endurecía el corazón de los hombres y los mantenía distantes de sus familias hasta que un día ya no se reconocían unos a otros. Pensé en mi soledad y me pregunté si el lugar me estaría llevando a reflexionar algo que tuviese que ver con mi historia. Tanta soledad... Mis relaciones hasta entonces habían sido tortuosas y torturantes. Caleta había sido una buena opción para tomar distancia y la playa me ayudaría a ordenar mis ideas... Allí, mi alma comenzó a reconocer sus resonancias... Algo me decía que mi yo estaba despertando a otra realidad, como dirían los místicos.
                                   Los días siguientes estuve muy ocupada con las conferencias, los reportajes en la radio, en la tele y las consultas privadas... Visité un colegio diferencial de los cuatro o cinco que había en la ciudad. Había un índice muy alto de alcoholismo. Las parejas se casaban muy jóvenes y se divorciaban al poco tiempo. Sentí una profunda compasión por los habitantes de Caleta y dejé de pensar en mi soledad. La obstinada recurrencia en un tema así enceguece el alma. Comencé a leer a Rilke. Esa carta a un joven poeta en la que él decía que sólo aquellos que hubiesen encontrado el secreto de la intimidad, aquellos que se profesaran admiración, que respetaran los límites, que se reverenciaran, esos habrían llegado a entender el amor como principio de todas las relaciones. ¡Qué lejos estaba de eso!
Fue una experiencia intensa. Gané el dinero suficiente para volver a Buenos Aires habiendo cumplido mi sueño. Y al llegar...
Hoy te escribo, después de tanto tiempo, porque quisiera agradecerte... ¡cuánto he llorado en tu playa! Tu ir y venir sin tregua y sin pausa me animó para enfrentarme a lo desconocido. Hoy quiero agradecerte que me hayas ayudado en la elección de una vida más próxima a la naturaleza, a mi naturaleza. Al llegar reconocí la importancia de otro que contuviera mi desconsuelo, con quien poder compartir la intimidad del silencio, las risas del alma, la verdadera compañía que respeta mi complejidad. Hoy quiero agradecerte que estés ahí ahora y siempre...
                                   Desde mi corazón, te valora:

                                                                                  Bea

sábado, 16 de enero de 2010

figuras en juego


Alguna vez, lo recuerdo bien, aprendí a dibujar un cubo. Fue en la época en la que quería ocultar mi segundo nombre. Estaba en el colegio secundario y dedicaba muchas horas a los ejercicios de artes plásticas. De todas las figuras, la que me resultó fácil de construir primero fue el cubo. Allí, creo, se podría esconder mi vergüenza.

Hace unos días, ahora, en que no me avergüenza y puedo desocultar mi segundo nombre, he vuelto a garabatear esa figura tantas veces repetida en el papel y en mi mente. Lo curioso es que hasta que no me decidí a dejarme llevar por la memoria - más allá de mi voluntad - me resultó imposible reproducirla. Había perdido la habilidad por falta de ejercicio.

Reconozco que recuperar el cubo me emociona. Aunque ni las matemáticas ni la geometría fueron alguna vez mi fuerte. Esa figura, sin que yo lo supiera, ocultaba una parte de mí. Por eso creo que lo que me emociona es su sentido. Es un volumen sencillo que sirve de sostén y de refugio.

Así, comencé el ejercicio:
En primer lugar, dibujé dos cuadrados que se hacen tres en la intersección.
En segundo lugar, uní los vértices: dos exteriores y dos interiores y fue aquí que pude visualizar el volumen.
Finalmente, descubrí en la última novela de Dan Braun que desplegado el cubo se corresponde con una cruz. Y, entonces, la figura sufrió una amplificación.



Y, cuando quise dibujar el símbolo apareció algo nuevo: una T y así podríamos seguir desplegando las figuras en juego. Y de este modo surgiría un nuevo germen narrativo que iría a formar parte de la etiqueta: cuento breve.








miércoles, 13 de enero de 2010

Identidad




    los puntos sobre las íes, collage



sentir... empezar a registrar la caricia del aire fresco y la cachetada del temporal. la naturaleza no tiene  términos medios cuando se expresa... cuando hace su tarea en la ciudad los habitantes lo sienten como un efecto disciplinador más...
Viajar apretados en el subte, comer a las apuradas un pancho, hacer las compras donde cobran más caro porque están esperando para dar el golpe de gracia de este día que, para vos, terminará con un programa que no agregue la gota que haría desbordar el vaso y provoque la pesadilla recurrente...
Me pregunto ¿qué hacés... qué hago... qué hacemos con nuestro tesoro? ¿Será el ignorarlo y , así, engañarnos lo que nos impulsa día a día detrás del consumo? Somnolencia intermitente el afán de compra me  dice quién soy y qué hago en este mundo en el preciso instante en que saco la billetera y extiendo la tarjeta de crédito con un número y mi nombre y como comprobante me llevo un talón con esos datos más el día y la hora en que realicé esa acción... Y por un tiempo la angustia cede y ya no pregunto más...