domingo, 29 de noviembre de 2009

Artículo en Revista DCO



danzaterapia
Guardo en algún pliegue de mi agenda una anotación que dice algo así: “Deseo, desde lo más profundo, ser bailarina. Reconozco que ya ha pasado el tiempo para que pueda alcanzar este deseo. Entonces, ¿será para mi próxima vida?”.
En mi infancia, era usual que las niñas tomaran clases de danzas. Yo lo hice durante varios años. Pero era tan tímida, que presentarme en público me provocaba insomnio, dolor de estómago, angustia existencial, en fin… era una verdadera tortura. Abandoné las tablas y me sentí aliviada. De todos modos, siempre me gustó bailar. Y lo hice en forma libre y espontánea, sin depender de la exposición frente al público.
Pasaron los años. Llegaron, mejor dicho, los años, y para mantener la flexibilidad, los médicos recomiendan la actividad física. No me gustan los gimnasios, ni las bicicletas que van a ningún lado, ni el esfuerzo dirigido hacia una pared, ni los gritos excesivos, ni los aparatos que me van convirtiendo poco a poco en una especie de Barbie robusta y brillante. Y, buscando, encontré una alternativa: la danzaterapia.
Descubrí el ritmo. Investigué en mi ritmo interno.
La danza es arte en comunión con la música. En Grecia, las artes tenían sus musas protectoras y facilitadoras. Terpsícore, la de la danza, y Apolo llevaban una lira como atributo. Sentí el placer de integrarme a la corriente de la vida y reconocí la fuerza del movimiento original. Comprendí que la danza participa de la dinámica del vuelo. Borges sostenía que del laberinto sólo era posible salir por arriba. El vuelo, entonces, es el recurso que nos permite superar el desconcierto.
En esta nueva etapa junto a la danza, tuve que aprender la polaridad inscripta en toda experiencia y me di cuenta de que el vuelo se continúa en la caída. Caída y vuelo equivalen a la dinámica del ying y el yan, a lo receptivo y lo creativo del Libro de las Mutaciones.
En las imágenes primordiales, arquetípicas, ancestrales, la bailarina danza su pregunta. En la formulación de la danzaterapia, la bailarina se entrega al servicio de una energía que la guía hacia la recuperación del cuerpo, su lenguaje y el sentido.