sábado, 6 de febrero de 2010

Recordado mar...





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Buenos Aires, febrero del 2007

Recordado Mar:
                                   Hace tiempo que no te escribo... Desde aquel viaje a Caleta... ¿te acordás? Me habían invitado a dar un curso de Feminismo Espiritual y allí me dirigí, con el deseo encendido, llena de esperanzas. El grupo que me esperaba era heterogéneo: una psicoanalista, una poeta, una mujer golpeada egresada de la carrera de Letras y una psicopedagoga casada con un ingeniero. Mi amiga era la psicoanalista.
                                   La primera noche que pasé en esa ciudad, tan próxima a Comodoro Rivadavia, no lograba conciliar el sueño. Al llegar, mi amiga me había anticipado que no tenía asegurado mi pasaje de regreso, ya que habían surgido ciertos inconvenientes en la institución y, en pocas palabras, se habían quedado sin fondos ¿te suena? Fue la primera vez que recurrí a la playa para consolarme. Reconocí la identidad de las piedras, sus diferentes formas ... los colores de la costa... y me volvió el alma al cuerpo... intentaría dormir un rato. Después de un viaje de 27 horas... lo mejor era descansar. En mi cuarto, un sonido sordo – parecía un aullido – me inquietaba. Estaba muy sola y no era buena hora para ir a la playa, de modo que hice un esfuerzo para dormirme.
                                   A la mañana siguiente, en el desayuno conté lo que me había sucedido a la noche y me confesaron que Caleta estaba construida sobre un cementerio indio, que a mucha gente le había sucedido lo mismo que a mí. Me corrió frío por todo el cuerpo. Dejaron entrever que en esa ciudad la extracción del petróleo endurecía el corazón de los hombres y los mantenía distantes de sus familias hasta que un día ya no se reconocían unos a otros. Pensé en mi soledad y me pregunté si el lugar me estaría llevando a reflexionar algo que tuviese que ver con mi historia. Tanta soledad... Mis relaciones hasta entonces habían sido tortuosas y torturantes. Caleta había sido una buena opción para tomar distancia y la playa me ayudaría a ordenar mis ideas... Allí, mi alma comenzó a reconocer sus resonancias... Algo me decía que mi yo estaba despertando a otra realidad, como dirían los místicos.
                                   Los días siguientes estuve muy ocupada con las conferencias, los reportajes en la radio, en la tele y las consultas privadas... Visité un colegio diferencial de los cuatro o cinco que había en la ciudad. Había un índice muy alto de alcoholismo. Las parejas se casaban muy jóvenes y se divorciaban al poco tiempo. Sentí una profunda compasión por los habitantes de Caleta y dejé de pensar en mi soledad. La obstinada recurrencia en un tema así enceguece el alma. Comencé a leer a Rilke. Esa carta a un joven poeta en la que él decía que sólo aquellos que hubiesen encontrado el secreto de la intimidad, aquellos que se profesaran admiración, que respetaran los límites, que se reverenciaran, esos habrían llegado a entender el amor como principio de todas las relaciones. ¡Qué lejos estaba de eso!
Fue una experiencia intensa. Gané el dinero suficiente para volver a Buenos Aires habiendo cumplido mi sueño. Y al llegar...
Hoy te escribo, después de tanto tiempo, porque quisiera agradecerte... ¡cuánto he llorado en tu playa! Tu ir y venir sin tregua y sin pausa me animó para enfrentarme a lo desconocido. Hoy quiero agradecerte que me hayas ayudado en la elección de una vida más próxima a la naturaleza, a mi naturaleza. Al llegar reconocí la importancia de otro que contuviera mi desconsuelo, con quien poder compartir la intimidad del silencio, las risas del alma, la verdadera compañía que respeta mi complejidad. Hoy quiero agradecerte que estés ahí ahora y siempre...
                                   Desde mi corazón, te valora:

                                                                                  Bea