jueves, 10 de diciembre de 2009

Palabras en forma






Algunas preguntas acerca del arte y la rehabilitación a través de la palabra



“Si tiramos una piedra, un guijarro, un “canto”, en un estanque, produciremos una serie de ondas concéntricas en su superficie que, alargándose, irán afectando los diferentes obstáculos que se encuentren a su paso: una hierba que flota, un barquito de papel, la boya del sedal de un pescador... Objetos que existían, cada uno por su lado, que estaban tranquilos y aislados, pero que ahora se ven unidos por un efecto de oscilación que afecta a todos ellos. Un efecto que, de alguna manera, los ha puesto en contacto, los ha emparentado.

(…) De forma no muy diferente, una palabra dicha impensadamente, lanzada en la mente de quien nos escucha, produce ondas de superficie y de profundidad, provoca una serie infinita de reacciones en cadena, involucrando en su caída sonidos e imágenes, analogías y recuerdos, significados y sueños, en un movimiento que afecta a la experiencia y la memoria, a la fantasía y al inconsciente, y que se complica por el hecho de que la misma mente no asiste pasiva a la representación. Por el contrario interviene continuamente, para aceptar o rechazar, emparejar o censurar, construir o destruir.

Gianni Rodari. Gramática de la Fantasía.. Argos Vergara: Barcelona, 1983.



¿Cómo surgió en mí la imagen del caligrama, una imagen poética con tanta historia? Fue en una cesión de arteterapia. El paciente al que llamaré A, a partir de una consigna que denomino “el hilo de Ariadna”, espontáneamente recorrió el contorno de su imagen plástica. Esta consigna sugiere un internarse en el laberinto y rescatar de él una imagen. El paciente A  rodeó de frases significativas una imagen que él tituló Pulmones. La realización de la consigna despertó en él un texto espontáneo sin atender a renglones ni márgenes. A sintió el aire fresco de la creatividad como un manantial que fluye y revitaliza la cotidianeidad. Sin saberlo él se había topado con un recurso que abrió paso al itinerario poético de su discurso interior.
Fue entonces que la imagen del caligrama se me impuso con fuerza y me impulsó a la exploración. Inicié la navegación por la web y fui recopilando las imágenes que daban cuenta de este recurso poético atendiendo a cierto ordenamiento histórico. Descubrí que más allá de El espantapájaros de Oliverio Girondo, existían caligramas de autor y otros anónimos, desde los griegos hasta la actualidad, todos recuperando un juego de expresión que me introdujo al misterio del universo de la imaginación.
Retrocedí en el tiempo hasta aquel taller de escritura para niños que coordiné durante varios años, del que aprendí y que me dio material para reconocer la espontaneidad con que acontece la palabra. Recordé a Guido: el gorro con visera ocultando una mirada inquieta y vivaz, apoyado en el marco de la puerta, relajado, tomando sol. Su mamá estaba muy preocupada porque en el colegio habían amenazado con hacerlo repetir de grado. Guido no respetaba márgenes ni renglones, ¡caramba! La página en blanco era el territorio del placer y él se regodeaba en los rincones, en los espacios vacíos o en el centro en un deambular festivo.
Recordé a Malena. También para ella cada consigna se expresaba en una fuente rebosante de  frutos. Los caligramas de Malena enunciaban manzanas, uvas, ciruelas, frutillas, frambuesas recién cosechados con sus respectivos cabos y hojas.
En fin, estos niños se negaban entonces a abandonar su universo imaginario, se negaban a sacrificarlo, en pos de la hoja rayada, el tiempo pautado, dominando el dibujo abigarrado de la cursiva. Sin embargo, allí estaba la escuela con sus exigencias y el taller los preparaba para aceptar normas y entrenarse en la ardua tarea de la adaptación.
Quien entonces me sorprendió fue un niño-viejo, de rostro fatigado, que se negaba a prestar colaboración en la tarea. Lo llamaré Juan. Inicié mi primera clase de taller abriendo las ventanas y convocando a la palabra. Juan era parco, casi ascético. Todo lo que produjo fue una frase, mientras sus compañeros se explayaban en la página en blanco. Pocas clases después, Juan me pidió con ternura que yo le escribiera una carta a su abuelo que estaba enfermo. Me senté a su lado y le expliqué que yo no conocía a su abuelo y que necesitaba su ayuda. Fue entonces que él abrió su corazón y la dulzura de su palabra se transformó en una carta donde Juan pudo expresar sus sentimientos hacia ese abuelo que él había adoptado. Sí, lo había adoptado, porque su papá había muerto cuando Juan era muy chiquito y había dejado de frecuentar a la familia paterna. El dolor se le hizo presente con tal fuerza que las palabras buscaron un lugar donde agruparse. Y un cuento de hadas surgió por fin en el que Juan era el príncipe que recibía una tarea para realizar del rey, su padre. Y un cuento de hadas siguió a otro y su madre conmovida lloraba de emoción. De este modo Juan transitó su duelo. Pudo poner su dolor en palabras y acompañar a su abuelo adoptivo en su enfermedad.
Volvamos a esa cesión de arteterapia. La imagen que A nombró Pulmones se remitía a un par y las asociaciones fueron la Alas de un héroe con el que juega su hijo y lo que denominó una imagen sexual: las tetas de la robotota. Esta es la imagen en cuestión:






El título, en el pulmón derecho, el símbolo sexual invertido sobre el pulmón izquierdo y en la unión de ambos, el héroe del hijo. Después de mucho andar, A recupera la necesidad de acceder a su sentido de identidad a través del ejercicio responsable de su paternidad. Comienza a preguntarse en qué consiste eso de ser padre.
Pero no conforme con eso, surge un nuevo caligrama, al que denominó El lado oscuro de la luna. Es en ocasión de haberse decidido a organizar su discurso interior, que fluye y toma forma, en una serie de relatos creativos. A se propone reunirlos en un libro de pronta edición. La palabra interior comienza entonces a cobrar sentido. La mente pare un universo fantástico que deja de atormentarlo y puede encontrar interlocutores válidos a esa voz interior. Surge en él con fuerza una imagen de la luna y un hombre – que es él – abrazándola. La sueña como la tapa de su libro. En un proceso imaginario esta imagen va transformándose. La luna muestra un lado iluminado y otro oscuro. A me cuenta que en la superficie se ubican las palabras que se corresponden con los temas que él desarrollará en su libro. Intenta un borrador. Y así se materializa este caligrama que sigue fielmente las indicaciones del borrador:





Todos los temas remiten a un proceso de cambio profundo. A se reconoce como un hombre en vías de transformación. Y la escritura de A pone en palabras este desafío.

¿A qué llamo palabras en forma?

Para responder a esta pregunta es preciso aventurar una interpretación teórica. Los griegos integraban en formas significativas la palabra poética y la imagen gráfica. A estas formas denominaron caligramas. Estos fueron retomados, con posterioridad, en movimientos experimentales como un modo de conjurar la fragmentación invocando estos modelos de significación integrados.
Como síntoma de la modernidad, el exceso de información ha convertido el universo de discursos que nos atraviesan en corrientes amenazantes. Hemos perdido la relación enriquecedora de palabra e imagen. Es que la palabra ha sido despojada de su profundidad de sentido. Por lo tanto, se ha perdido su fuerza significativa y su riqueza expresiva.  La palabra ha sido devaluada. 
Me rondan otras preguntas: ¿Es la palabra un símbolo? Y, si lo es, ¿cómo se transforma en símbolo?
Palabra y símbolo comparten la misma raíz que indica un impulso, un movimiento. ¿Movimiento paradojal o integrador? Si la palabra sólo funciona en el espacio exterior, ajena a las necesidades de expresión de la subjetividad, se dispersa, se evapora. Se pierde su función que es la de comunicar. La palabra en su función informativa se constituye como puente de encuentro de, por lo menos, dos sujetos que intervienen en todo circuito de comunicación: un emisor y un receptor que son los que participarán de un diálogo.
Si la palabra, en cambio, va más allá de la comunicación y entra en la categoría de la representación, si en ella se concentra toda su historia significativa, entonces, es que ha logrado revelar su índole particular. Sucede a menudo en el discurso que una palabra suena diferente, se distingue. Podríamos arriesgarnos a decir que ha logrado una cierta individualidad.  Es entonces que podemos hablar de un movimiento que a la vez concentra e integra. Reconocemos su raíz, su origen y los usos que hicieron posibles sus transformaciones a lo largo de su historia. Entonces, podemos decir que estamos ante la presencia de una forma simbólica, generosa y abierta a otros usos y a las futuras transformaciones de su significación. A estas palabras llamo Palabras en forma.

¿A que idea nos remitimos cuando de lo que se trata es de rehabilitar la palabra?


Habitar el laberinto de la existencia es un desafío que compartimos. Y todo laberinto sabemos tiene una entrada y una salida, que sólo encontraremos si seguimos el camino habilitado. Decía Borges que había otro modo de salir del laberinto. Por arriba. Borges apelaba a la idea del vuelo, tal vez remitiéndose al mito de Dédalo. Borges se refería al vuelo imaginario, claro.
Si de trazar un camino se trata, se habilitan las zonas inaccesibles. Ese es el trabajo constante del analista junguiano cuya función es la de un terapeuta que se vale de técnicas expresivas.
No se trata sólo de la palabra escrita. La literatura nace de la narración oral. Y la narración oral ha sido fundamental en los rituales iniciáticos. Es importante que recuperemos su valor.
Estamos en posesión de un valioso lenguaje que nos mueve en una dirección u otra. Habitemos la paradoja – que según palabras de Jung es uno de los mayores bienes espirituales  - e integremos lo que se presente con la fuerza necesaria para una ampliación de la conciencia. Dispongamos de ese lenguaje cuando tendamos un puente hacia el grupo o individuo con el que estamos generando un vínculo. Trabajemos en él, reconozcamos su índole arquetípica en el proceso de objetivación y amplificación que nos propone el misterio que trae, a su vez, cada grupo o individuo con el que nos comprometemos en esta tarea.

Bibliografía
1.      Diccionario de Mitología Griega y Romana de Pierre Grimal.
2.      Diccionario de Símbolos de Chevalier
3.      Diccionario de Símbolos, de Eduardo Cirlot
4.      El hombre y sus símbolos, C. G. Jung
5.      Lo inconsciente, C. G. Jung
6.      La función trascendente, Carl G. Jung.
7.      Arquetipo e inconsciente colectivo, C. G. Jung



Lic. Beatriz Abelleira