martes, 4 de mayo de 2010

De Santo Spirito, Bari, a Buenos Aires



Estábamos en guerra. Yo tenía 8 años cuando me escondía debajo de la cama al escuchar que los alemanes golpeaban las puertas de mi casa buscando mujeres para montárselas como yeguas. A los 14, le dije a mi madre que yo no quería el destino que me esperaba allí por ser pobre y me vine a la Argentina. Esta es la tierra que me dio un marido, dos hijas y a mis nietos que son mi mayor fortuna.

Así me contó mi madre - en tono de confesión – cuál fue el motor que la impulsó a salirse de su pueblo de aguas azules, justo frente a las costas de Grecia. Sur de Italia. A sus habitantes, el norte, los llaman terrone. Son los agricultores. Mis abuelos, por tradición, tenían olivares heredados. Extensos campos que la guerra desvastó, como sucede con todo lo que se somete a la soberbia y a la codicia humanas.

La guerra siembra carroña en los países a los que condena al hambre y la miseria, decía mi madre y su rostro se tornaba oscuro como la noche. La guerra le da de comer a los buitres.

Dos guerras atravesaron la historia de mis abuelos maternos. La primera, en la que mi abuelo aportó – como fiel soldado – su vida a su patria, la bella Italia, la de la armoniosa lingua del Dante (aunque mis abuelos y sus hijos hablaban un dialecto duro, incomprensible para mí). En la segunda, mi abuelo Caetano, donó, en cambio, la buena vida de sus hijos mayores, aunque mi abuela, entre lágrimas y maldiciones, quisiera retener el fruto vivo de su vientre. Cuántas veces pensé en que la historia aquí, en mi país, también cambió el curso de mi vida y se llevó muchos seres queridos.

Antes que yo, nació Santino, continuó mi madre. Era un ángel. Todavía está su retrato en la sala de entrada de la  antigua casa familiar. Mi madre me puso el mismo nombre, eso se usaba.

Mi abuela, llamada Concetta,  cuidó con celo, en la segunda guerra, la vida y la virginidad de sus hijas, todas ellas jóvenes, trabajadoras, lozanas y muy apetitosas, para el hambre voraz de los salvajes soldados, que hablaban un idioma desconocido. Mi abuela escondía sus joyas. Y ellos aullaban como lobos en celo.

En los períodos de paz, mi padre, tu abuelo Caetano, me dejaba peinar a su caballo. Totó, se llamaba. Y yo le hablaba para que no se pusiera nervioso y lo llevaba hasta la orilla del mar. Totó era dócil conmigo. Se dejaba cuidar.

Mi abuelo amaba los caballos y lo llamaban, Caetano, el de la carroza. Para nosotros, el del carruaje. A principios del siglo XX, él manejaba su carro, tirado por caballos en Santo Spirito, Bari. En el pueblo, todos lo respetaban y lo conocían. Con sus hijos era muy severo, sobre todo, cuando comían pescado. Mi abuelo temía más a una espina atorada en su garganta que al frente de batalla. Ese temor me recuerda al de otros hombres de aquí que cometieron crímenes atroces. Se ven a sí mismos como ángeles vengadores, héroes. Y en realidad traicionan la vida.

Tu abuela Concetta era rubia. Se casó joven, a los 16. Tu abuelo le llevaba 11 años. Era hija única, soñaba con una prole. Tuvo 13 embarazos y 8 hijos vivos.

Cuentan que, en la antigüedad, las mujeres se casaban a más tardar a los 14. Tenían muchos hijos pero sólo contaban los varones. Ellos iban a la guerra. A mi abuela, la historia le pasó por encima. Pienso en mi país, donde pensar diferente significó un triste destino y estar condenado al silencio. A muchas mujeres aquí también la historia las obligó a avanzar.

Concetta, en honor a quien te bautizamos, era una mujer muy compasiva. Cuando 2 de sus hijos estaban en el frente, llegó a su casa un soldado inglés; estaba anémico, casi sin vida. Ella pensó que sus hijos podían estar en la misma situación. Conocía un remedio, que preparó con esmero. Dejó al sereno un huevo con su cáscara y con paciencia esperó a que todo el calcio quedara diluido en el agua. Arropó al moribundo en el establo, donde su marido cuidaba con celo a Totó. Cucharadita a cucharadita, día a día mi abuela asistía al moribundo como si se tratara de uno de sus hijos. Así se trasmite la construcción de un vínculo amoroso. Mi madre fue única. Y, finalmente, su remedio le devolvió las fuerzas. Un buen día,  agradeció y continuó su camino. Y ella lo dejó partir.

Mi madre y yo heredamos su espíritu compasivo. También la mano para preparar remedios caseros y efectivos. Y esa rebeldía de mujer subterránea  que sabe enfrentar la adversidad, y no entiende de guerras.

Concetta y Caetano, mis viejitos, celebraron sus bodas de oro con una fiesta. Yo no pude estar. Sólo vi la reunión familiar en fotos. Tu padre nunca se negó a ayudarlos económicamente. Yo nunca tuve necesidad de reclamarles  nada. Fueron muy buenos padres.

La insistencia de mi madre hizo que nos mudáramos a San Telmo. Buena ubicación y colectivo y subte para todos los puntos de la ciudad. Además, ella creía que Olivos era muy húmedo. Para mí, prefería ese barrio porque estaba más cerca de la Boca, donde vivían “los tanos”. Cerca del puerto... para avivar la nostalgia... De chica, sufrí esa pena en su mirada. Yo, en cambio, amo San Telmo por las oscuras historias que oculta en sus veredas, aun en días radiantes de sol.

Aunque mi madre murió hace años, yo todavía la sueño. Ella se me aparece y me dice que me quede tranquila, que tengo todavía mucho por hacer en Buenos Aires. Yo estoy agradecida a esta tierra.  Para nosotros,  exiliados de la guerra, es tierra próspera, de amor y de paz.

En el verano del 2000, viajé a conocer la casa de mis abuelos. Mi prima Lella me esperaba en el aeropuerto. Sólo nos conocíamos por fotos.
Un auto nos llevó y en la entrada del pueblo, una rambla y el mar de aguas azules, se materializaron ante mis ojos... me recordó los veraneos en Mar del Plata, en familia… Vi desfilar algunos personajes de los que siempre hablaba mi madre. Vi también el retrato de Santino. Y la calle cerrada en que mi madre jugaba cuando era pequeña. Via Genova me recordó a Defensa, en San Telmo, donde mi padre tenía su fábrica de pastas. Ese día entré en un nuevo sendero del laberinto familiar.
Al regresar, supe que en Santo Spirito están las raíces que heredé de mi madre, parte también de mi imaginario, y que Buenos Aires es mi memoria, mis amores, mi hogar.